Promesas rotas en Cumbre Tajín: denuncian falta de pagos
Cumbre Tajín suele presentarse como uno de los grandes escaparates culturales de Veracruz, un espacio donde convergen tradición, creatividad y talento joven. Sin embargo, detrás del discurso institucional y la narrativa de orgullo cultural, comienzan a acumularse testimonios que apuntan a una realidad mucho menos decorosa: desorganización, decisiones improvisadas y, sobre todo, incumplimientos en los pagos a quienes sostienen parte del trabajo creativo del festival.
El caso de Homero Rosas, estudiante de Diseño Gráfico de la Universidad de Xalapa, no es aislado ni menor. Es, más bien, un síntoma. Un joven que desde los 18 años ha sido llamado a participar en proyectos vinculados al festival relata un patrón que se repite: cambios de último momento, falta de claridad en las instrucciones, trabajos desechados sin explicación y, finalmente, la ausencia del pago acordado.
En Cumbre Tajín 2025, su primera experiencia, se le pidió desarrollar un concepto creativo “relacionado con la vainilla”, para después informarle que ya existía un diseño previo. Es decir, trabajo realizado sin utilidad práctica para el proyecto original. Aun así, como muchos jóvenes en búsqueda de experiencia, continuó participando.
Para 2026, el escenario no mejoró. Por el contrario, se repitió la dinámica, pero con mayor carga: solicitudes urgentes, desarrollo desde cero de propuestas completas y una constante incertidumbre sobre el rumbo creativo del festival. El resultado fue el mismo: su trabajo fue descartado a última hora y sustituido por otras decisiones internas.
Hasta ahí podría argumentarse que se trata de procesos creativos complejos o de cambios propios de la producción de un evento. Pero el problema central aparece después: el pago que no llega. Es el punto donde la narrativa cultural choca de frente con la práctica administrativa.
Homero Rosas asegura que, pese a existir acuerdos de adelanto y liquidación, no ha recibido la remuneración correspondiente. Este no es un caso aislado en el imaginario público que rodea a proyectos gubernamentales de gran escala, donde los retrasos en pagos a proveedores, creativos y trabajadores independientes se han convertido en una queja recurrente.
Aquí es donde el asunto deja de ser únicamente un testimonio individual y se convierte en un problema institucional. Porque cuando un festival financiado y operado bajo estructuras gubernamentales normaliza la falta de claridad en contratos, la improvisación en procesos creativos y el retraso en pagos, lo que está en juego no es solo la reputación del evento, sino la credibilidad de las instituciones que lo respaldan.
La Secretaría de Turismo de Veracruz que preside Xóchitl Molina González y la Secretaría de Cultura de Igor Fidel Rojí López no pueden observar estos señalamientos como casos aislados o anecdóticos. La reiteración de este tipo de experiencias sugiere fallas estructurales en la forma en que se contrata, se coordina y se responde a quienes colaboran con el festival. Y cuando esas fallas recaen principalmente sobre jóvenes estudiantes o creativos emergentes, el costo es aún más grave: se normaliza la precarización del talento.
Cumbre Tajín es, o debería ser, una plataforma de impulso cultural. Pero ninguna narrativa cultural puede sostenerse indefinidamente si está acompañada de opacidad administrativa y compromisos incumplidos. El prestigio no se construye solo con eventos exitosos en lo visible, sino también con responsabilidad en lo invisible: los pagos, los acuerdos y el respeto al trabajo ajeno.
Mientras estas prácticas no se revisen con seriedad, cada nueva edición del festival no solo celebrará la cultura totonaca, sino que también seguirá acumulando dudas sobre su gestión interna. Y esas dudas, tarde o temprano, terminan pesando más que cualquier discurso oficial.


