Astrolabio Político

Por: Luis Ramírez Baqueiro

“La injuria deshonra a quien la infiere no a quien la recibe”. – Diogenes.

La muerte del diputado federal Zenyazen Escobar García no solamente abrió una investigación que deberá ser esclarecida por las autoridades. También destapó una profunda crisis de sensibilidad, responsabilidad y humanismo entre ciertos personajes que se presentan como opinadores, aunque su verdadero oficio parece ser la explotación política del dolor ajeno.

Antes de que las autoridades ofrecieran conclusiones periciales, algunos ya habían dictado sentencia. Sin conocer la carpeta de investigación, reconstruyeron supuestas escenas, repartieron responsabilidades y convirtieron la tragedia en combustible para el escándalo. No buscaron informar: buscaron lucrar políticamente con alguien que ya no puede responder, defenderse ni explicar sus decisiones.

Uno de los episodios más lamentables habría ocurrido en Bosques del Recuerdo, mientras familiares, amigos y compañeros despedían al legislador. En medio de ese dolor, Miguel Ángel Macías Parra, identificado públicamente con Movimiento Ciudadano y con antecedentes de colaboración política junto a personajes provenientes del PRI, decidió grabar una especie de videocolumna.

Con el tacto de un elefante dentro de una cristalería, Macías Parra escogió una funeraria como escenario para formular señalamientos políticos e intentar embarrar al Gobierno de Veracruz con lo sucedido.

Podía cuestionar al gobierno cualquier otro día y desde cualquier otro sitio. Nadie pretende arrebatarle ese derecho. Lo indignante fue utilizar un velorio como escenografía, el dolor familiar como ambientación y la muerte de un ser humano como pretexto para posicionar una narrativa partidista.

Eso no es valentía. Tampoco periodismo ni análisis político. Es oportunismo.

El caso de Zenyazen ha colocado frente a nosotros asuntos que deberían observarse con mucha mayor altura política. El primero es la facilidad con la que ciertas personas trivializan la muerte cuando la víctima pertenece a un grupo político contrario. Parecería que la militancia, los cargos desempeñados o los errores cometidos en vida determinan cuánto respeto merece alguien después de morir.

Pero la dignidad humana no depende de una credencial partidista.

Zenyazen fue un personaje público y, como tal, su trayectoria puede y debe ser examinada críticamente. Sus decisiones en la Secretaría de Educación, su trabajo legislativo, sus confrontaciones y sus controversias forman parte de la discusión pública. Sin embargo, una cosa es someter sus actos al escrutinio y otra muy distinta utilizar su muerte para difamarlo, inventar versiones o someterlo al escarnio cuando ya no tiene posibilidad de defenderse.

Quienes proceden así no solamente lastiman la memoria del fallecido. Revictimizan a una familia que atraviesa una auténtica vorágine emocional. Mientras sus seres queridos intentan comprender lo ocurrido, desde las redes sociales se multiplican especulaciones, burlas, versiones sin sustento y hasta expresiones de alegría.

¿En qué momento el odio político desplazó al dolor y al respeto?

Aportan mucho más quienes guardan compostura institucional, esperan los resultados de las investigaciones y respetan a la familia que aquellos que llenan horas de transmisión o espacios digitales con teorías fabricadas. Guardar prudencia no significa renunciar a preguntar; significa reconocer honestamente que existen hechos que todavía no conocemos.

La nota fácil, descarnada y estridente podrá generar reproducciones, pero no aporta elementos para conocer la verdad. Al contrario: contamina la conversación, confunde a la sociedad y convierte una tragedia en entretenimiento.

Lucrar, difamar, inventar versiones y alegrarse ante la muerte de otro son síntomas de descomposición. Algo se ha roto en nuestra esencia social cuando el fallecimiento de un semejante nos resulta completamente ajeno; cuando colocamos un teléfono frente al féretro para conseguir audiencia, rentabilidad política o notoriedad personal.

Ese es el momento en que debemos reconocer que comenzamos a perder nuestra propia condición humana.

También resulta demasiado cómodo dividir a los muertos entre buenos y malos, valiosos y prescindibles, santos y pecadores. Quien pretenda determinar cuánto vale una persona por sus errores debería comenzar por mirarse en el espejo.

Nadie conoce por completo la vida de nadie. Con frecuencia únicamente conocemos aquello que hemos escuchado, imaginado o decidido creer. Sobre esa precaria base beatificamos a unos y crucificamos a otros. Hoy puede resultar sencillo participar en el linchamiento de Zenyazen; mañana esa misma maquinaria podría dirigirse contra alguien a quien conocemos, amamos y respetamos. Incluso contra nosotros mismos.

La muerte exige verdad, pero también humanidad. Corresponde a las autoridades esclarecer lo sucedido y determinar responsabilidades con pruebas. A los periodistas, opinadores y actores políticos les corresponde exigir resultados sin fabricar culpables ni convertir el duelo en propaganda.

Hay momentos para confrontar al poder y momentos para guardar respeto. Quien no comprende esa diferencia no está ejerciendo la crítica.

Simplemente está haciendo carroña frente al féretro.

Al tiempo.

 

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