ALMA GRANDE

POR ÁNGEL ÁLVARO PEÑA

La seguridad de México dejó de ser un asunto que pueda explicarse únicamente desde los discursos nacionales. La participación de Omar García Harfuch en la Conferencia Internacional para el Control de Drogas, organizada por la DEA en Buenos Aires, Argentina, colocó los resultados de la estrategia mexicana frente a funcionarios de seguridad de distintos países.

El mensaje fue claro: México quiere ser visto como un Estado que combate al crimen organizado mediante inteligencia, investigación y coordinación, pero también como un país que busca establecer sus propias condiciones de cooperación internacional.

Harfuch llegó al foro con cifras que el Gobierno de México considera relevantes. Entre ellas, la detención de 92 objetivos prioritarios de alto impacto, además del desmantelamiento de infraestructura vinculada con la producción de drogas y afectaciones a las estructuras financieras, logísticas y operativas de organizaciones criminales transnacionales.

No es un dato menor. En materia de seguridad, detener a una persona puede tener un efecto inmediato, pero desarticular las redes que permiten operar a una organización criminal exige investigaciones prolongadas, inteligencia financiera y coordinación entre distintas instituciones.

Ahí está precisamente uno de los puntos que el gobierno de Claudia Sheinbaum busca colocar sobre la mesa: la cooperación internacional no significa subordinación.

La frase tiene una carga política evidente. Durante años, la relación de seguridad entre México y Estados Unidos ha estado marcada por la presión, el intercambio de información y la presencia de agencias estadounidenses en asuntos relacionados con el narcotráfico. Por eso, hablar de cooperación bajo principios de reciprocidad, confianza mutua y respeto a la soberanía no es solamente un asunto diplomático; también es una definición política.

Harfuch sostuvo que las organizaciones criminales operan sin respetar fronteras y que, por ello, la respuesta de los Estados tampoco puede ser aislada. Tiene razón en lo esencial. El crimen organizado aprovecha las mismas rutas internacionales que utiliza el comercio, mueve recursos entre países y construye redes que difícilmente pueden ser enfrentadas desde una sola oficina gubernamental.

La verdadera prueba, sin embargo, está en los resultados sostenidos.

El Gobierno federal ha utilizado la reducción de homicidios como uno de los principales indicadores para defender su estrategia. El registro de 20 homicidios dolosos durante el 13 de agosto fue presentado por la presidenta Sheinbaum como la cifra más baja en al menos 15 años.

Pero una política de seguridad no puede evaluarse únicamente por el dato de un día. La ciudadanía necesita resultados que permanezcan en el tiempo: menos homicidios, menos extorsiones, menos desapariciones, mayor capacidad de investigación y, sobre todo, instituciones capaces de actuar sin improvisación.

La presentación de Harfuch ante la DEA también tiene otra lectura. México está intentando construir una narrativa propia sobre su política de seguridad frente al mundo. No se trata solamente de informar cuántos objetivos han sido detenidos, sino de mostrar que existe una estrategia con inteligencia, coordinación institucional y capacidad operativa.

Eso explica la decisión de enviarlo a un foro internacional donde participaron responsables de seguridad de distintos países. La administración de Sheinbaum quiere que los resultados mexicanos sean conocidos fuera de Palacio Nacional y que la relación con Estados Unidos tenga como eje la coordinación, no la subordinación.

Ahora corresponde demostrar que las cifras presentadas no son solamente buenas noticias para una conferencia internacional.

El desafío de fondo continúa dentro del país. Las organizaciones criminales siguen teniendo capacidad de operación, las economías ilícitas encuentran nuevas rutas y la violencia no desaparece por decreto.

Harfuch tiene frente a sí una tarea particularmente exigente: convertir los avances presumidos en una tendencia permanente y demostrar que la inteligencia del Estado puede adelantarse a las organizaciones criminales.

Si esa estrategia consigue mantenerse, fortalecerse y producir resultados verificables, la cooperación internacional tendrá una base mucho más sólida. Porque ningún país necesita demostrar que puede enfrentar solo al crimen organizado; necesita demostrar que puede hacerlo con instituciones fuertes y aliados, sin renunciar a sus propias decisiones.

Ese es, finalmente, el mensaje que México llevó a Buenos Aires: cooperación sí, pero con soberanía; coordinación, pero con resultados.

Esta columna se publica lunes, miércoles y viernes.