Video derrumba futuro político de exdirector de PEMEX
ALMA GRANDE
POR ÁNGEL ÁLVARO PEÑA
En política, pocas cosas pesan tanto como la coherencia entre el discurso institucional y las decisiones públicas. El caso de Víctor Rodríguez Padilla abre nuevamente una discusión incómoda pero necesaria: ¿qué ocurre cuando una figura de alto nivel es señalada por presuntos actos de violencia y, al mismo tiempo, se mantiene dentro del aparato gubernamental?
La Secretaría de Energía decidió cerrar la puerta antes de que se concretara oficialmente una nueva encomienda. Tras la difusión de un video en el que presuntamente se observa una agresión física contra su esposa, María Felicia Jiménez Lavie, la dependencia confirmó que Rodríguez Padilla no asumirá la dirección general del Instituto Nacional de Electricidad y Energías Limpias (INEEL), pese a que semanas antes ya se había comunicado públicamente su llegada al organismo.
El dato central no es solamente administrativo. La SENER aclaró que el nombramiento nunca concluyó el proceso legal para entrar en vigor y, por tanto, actualmente el exdirector de PEMEX no ocupa ningún cargo público. Pero más allá de la precisión jurídica, el mensaje político parece evidente: en medio de una denuncia pública por presunta violencia familiar, sostener una designación habría significado enviar una señal contradictoria frente al discurso gubernamental sobre protección de las mujeres.
Durante años, uno de los reclamos más constantes hacia las instituciones mexicanas fue la normalización de conductas privadas bajo el argumento de que “la vida personal” debía permanecer separada del ejercicio del poder. Ese límite hoy parece menos tolerado socialmente. La exigencia pública ya no se concentra únicamente en sancionar delitos acreditados; también demanda que quienes ocupan espacios de decisión comprendan que la legitimidad política depende, cada vez más, de la conducta que proyectan fuera de la oficina.
Eso no elimina un principio esencial: toda persona tiene derecho al debido proceso y a que las investigaciones sean realizadas por autoridades competentes. La propia presidenta Claudia Sheinbaum sostuvo que cualquier denuncia de violencia contra las mujeres debe investigarse y que estos hechos no deben quedar impunes. Al mismo tiempo, Rodríguez Padilla aseguró que enfrentará el procedimiento como ciudadano y que decidió mantenerse al margen de responsabilidades públicas para no interferir en las diligencias.
Sin embargo, el episodio deja una pregunta que trasciende al personaje: ¿hasta dónde llega la responsabilidad pública de quienes ocupan posiciones de poder?
La respuesta institucional, al menos en este caso, parece haber sido inmediata: no esperar una sentencia para frenar una designación, pero tampoco adelantar conclusiones judiciales. En el terreno político, la lectura es otra: los cargos públicos ya no son inmunes al escrutinio social.
Y quizá ahí está el cambio de fondo. No se trata solamente de quién puede gobernar o dirigir una institución, sino de qué tipo de conductas está dispuesta a respaldar —o dejar de respaldar— una administración que ha colocado el combate a la violencia de género como parte de su narrativa pública.
Porque cuando el poder pide confianza ciudadana, la congruencia deja de ser un discurso y se convierte en una obligación. Está columna se publica los lunes, miércoles y viernes.


