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Trump, Cuba y el tablero que también mira a México

ALMA GRANDE

Por Ángel Álvaro Peña

Donald Trump ha vuelto a sacudir el tablero geopolítico de América Latina con una advertencia directa y sin rodeos: Cuba dejará de recibir petróleo y recursos financieros provenientes de Venezuela. El anuncio, hecho desde su propia red social, no es solo una declaración de política exterior; es una señal de fuerza, un mensaje de poder y una advertencia regional.

Durante décadas, Cuba sostuvo su economía energética gracias al respaldo venezolano. Petróleo a cambio de cooperación política, inteligencia y seguridad. Trump afirma que ese ciclo se cerró. Que el vínculo se rompió tras la intervención militar estadounidense en Venezuela y la caída de Nicolás Maduro. Que ya no habrá más dinero ni crudo. Cero. Y que La Habana haría bien en negociar antes de que sea demasiado tarde.

La respuesta cubana no se hizo esperar. Desde el discurso de la soberanía, el gobierno de la isla negó recibir pagos o compensaciones por servicios de seguridad y defendió su derecho a comerciar libremente sin coerción extranjera. Pero más allá del cruce de declaraciones, el golpe es real: sin petróleo, Cuba enfrenta un escenario de mayor precariedad económica, apagones, desabasto y presión social.

Trump no habla solo a Cuba. Habla a toda la región. Su mensaje es claro: quien quede fuera del nuevo orden que Washington busca imponer, pagará el costo.

Y es aquí donde el espejo apunta inevitablemente hacia México.

A diferencia de Cuba, México no está en el eje de las sanciones ideológicas, pero sí en el centro de las tensiones económicas. Trump ya lo ha hecho antes: amenazó con imponer aranceles generalizados, incluso cuando lanzó medidas similares contra prácticamente todos los países, utilizando el comercio como herramienta de presión política. Sin embargo, hay un dato que cambia por completo el tablero: México es hoy el único país del mundo que cuenta con una prórroga arancelaria que ningún otro país tiene.

Esa prórroga no es casualidad ni concesión gratuita. Es resultado directo de la relación política y personal entre los dos mandatarios. Claudia Sheinbaum logró mediar, sentarse a la mesa y ganar tiempo. Evitó el choque frontal. Apostó por la negociación. Mientras otros países enfrentan aranceles inmediatos, México mantiene una ventana abierta que ningún otro socio comercial posee en este momento.

Conviene decirlo con claridad: a Trump no le conviene pelearse con México, y a México tampoco le sirve una confrontación abierta con Estados Unidos. La interdependencia económica es demasiado profunda. El T-MEC, la cadena de suministro, la inversión privada y millones de empleos están en juego. Por eso, quienes insisten en sembrar la idea de un rompimiento o de una confrontación entre ambos gobiernos se van a quedar con las ganas.

Trump y Sheinbaum no se van a pelear. No está en el interés de ninguno. Y no hay indicios reales de que eso vaya a ocurrir.

Sheinbaum entiende algo que en América Latina no siempre se ha comprendido: defender la soberanía no implica aislarse, ni romper relaciones, ni desafiar de frente al poder más grande del mundo. Implica saber negociar, proteger la iniciativa privada mexicana y sostener el interés nacional sin estridencias ni sumisiones.

Por eso, lo que hoy vive Cuba recuerda —en escala distinta— a otras batallas políticas que Sheinbaum ya ha enfrentado en el ámbito interno. Ataques coordinados, campañas de presión económica, narrativas de desgaste. Estrategias que también se han visto en la confrontación orquestada por figuras como Ricardo Salinas contra ella y contra el expresidente López Obrador: presión, deslegitimación y uso del poder económico como arma política.

La diferencia es que, en el plano internacional, los márgenes de error son mínimos.

Trump actúa desde la lógica del poder duro: sanciones, amenazas, imposiciones. Sheinbaum se mueve en el terreno de la diplomacia estratégica: diálogo, contención y cálculo político. Dos estilos, dos visiones, dos maneras de entender el liderazgo.

Lo ocurrido con Venezuela y ahora con Cuba deja una lección clara para la región: Estados Unidos no ha renunciado a su papel de árbitro hemisférico, y quien no se adapte al nuevo equilibrio corre el riesgo de quedar aislado.

México, por ahora, ha sabido caminar esa línea delgada. Sin arrodillarse, pero sin provocar. Sin romper, pero sin cederlo todo. En ese equilibrio se juega no solo una relación bilateral, sino la estabilidad económica y política del país.

Porque en el fondo, este no es solo un conflicto entre Trump y Cuba. Es una advertencia regional. Y México, aunque no esté en el centro del golpe, no puede dejar de mirar el tablero completo.

PEGA Y CORRE. – La reunión entre Adanely Rodríguez, presidenta municipal de Poza Rica y Ricardo Ahued, secretario de Gobierno, no es un acto menor ni un trámite protocolario. En política, las fotos y los encuentros dicen tanto como los discursos, y este mensaje es claro: Poza Rica está alineada con el poder estatal.

El respaldo explícito a la gobernadora Rocío Nahle y el reconocimiento a la apertura de Ahued envían una señal de gobernabilidad, pero también de lectura fina del momento político. En el arranque de una administración municipal, mostrar cercanía con el Gobierno del Estado es oxígeno puro: facilita gestiones, acelera proyectos y blinda políticamente.

La narrativa de “coordinación institucional” suena correcta, incluso necesaria. Nadie gobierna solo. Sin embargo, el verdadero reto no está en la mesa de diálogo, sino en el territorio: que esa buena relación se traduzca en resultados visibles, servicios eficientes y bienestar real para la gente.

Adanely Rodríguez juega bien sus cartas: diálogo, respaldo estatal y discurso de gobernabilidad. Ahora viene la parte más difícil: convertir la coordinación política en beneficios tangibles, porque en Poza Rica la paciencia ciudadana no es infinita y los resultados no se miden en comunicados, sino en la calle.

Esta columna se publica los lunes, miércoles y viernes.